24 marzo 2014

Crimea: el mayor error de Putin



Es un hecho consumado. La incorporación de Crimea como nueva república de la Federación Rusa ha sido un mero trámite, tras un referéndum ilegal organizado bajo ocupación militar. Para los nacionalistas rusos, Putin pasará a la historia como el presidente que ha recuperado este territorio, caprichosamente cedido por Nikita Jrushchov y después convertido, de forma inesperada, en parte de una Ucrania independiente en 1991. ¿Dónde se detendrá su afán de reconquista? ¿Se conformará con Crimea, o continuará expandiéndose hacia otros territorios con vínculos históricos o culturales con Rusia?

La sucesión de los acontecimientos, donde cada uno parece encajar como consecuencia inevitable del anterior (ocupación-referéndum-independencia-anexión), confirmaría las predicciones de quienes consideran a Putin como un nostálgico de la URSS. Para ellos, la ambición del presidente ruso no conoce límites, siempre dispuesto a explotar cualquier vulnerabilidad de Occidente; una actitud de mayor firmeza (opuesta a la reacción débil, para ellos, de Obama) habría disuadido al Kremlin de dar este paso. Pero esta descripción lineal omite otros factores clave para explicar esta decisión; y que, lejos de justificarla, aumentan más aún la gravedad de sus implicaciones futuras. Son tres:

1. La anexión de Crimea representa una ruptura con las políticas anteriores de Rusia. Lejos de tratarse de un ejemplo más de supuesto imperialismo neosoviético putiniano, supone el abandono de lo que el propio Putin ha venido manteniendo en sus catorce años en el poder (y Yeltsin antes que él): el sagrado principio de integridad territorial del Estado, que las tropas rusas defendieron a sangre y fuego en Chechenia. La justificación de la anexión por el presidente ruso usando el ejemplo de Kosovo es como mínimo sorprendente: Moscú jamás ha reconocido la independencia de este territorio, y se opuso radicalmente a la intervención de la OTAN en 1999, subrayando precisamente la ilegalidad de apoyar a la guerrilla separatista del UÇK. ¿Significa esto que Rusia considera irrelevante este principio del Derecho Internacional, con todas las consecuencias para su propia cohesión interna? ¿Aceptará entonces la independencia kosovar?

Los casos de Osetia del Sur y Abjasia (que muchos han citado estos días como precedentes de lo ocurrido en Crimea) fueron, a diferencia del actual, plenamente coherentes con las posiciones defendidas previamente por el Kremlin. Se trataba de un largo conflicto congelado dentro de Georgia, con dos regiones separatistas cuyos gobiernos tenían el control de facto sobre sus respectivos territorios, protegidos por las tropas rusas. Moscú empleó la fuerza en 2008 como reacción al intento de Tbilisi de recuperar Osetia del Sur militarmente, lo cual le proporcionaba dos argumentos: el de “legítima defensa” de sus soldados sobre el terreno, y el de “protección de sus nacionales”, al haber repartido pasaportes rusos entre la población local. Por tanto, la contraofensiva de Rusia y su posterior reconocimiento de la independencia de ambas regiones fueron amparadas (a los ojos del Kremlin) por esas circunstancias.

En Crimea, por el contrario, Moscú no ha contado con las excusas de entonces: ni las tropas ucranianas habían atacado a la población local rusa, ni existía ningún peligro inmediato para ésta tras la llegada al poder del gobierno provisional en Kiev. No se trataba de un escenario de “intervención humanitaria” a la Kosovo para detener una matanza de civiles por su propio Estado. Ni siquiera, como ocurría en Osetia del Sur o Abjasia antes de 2008, había una entidad ya independizada de facto del resto de Ucrania, con un gobierno separatista propio. Fue el Kremlin quien instaló en el poder en Crimea a un ejecutivo prorruso inmediatamente antes del referéndum, para llevar a cabo después de forma acelerada el proceso de anexión. Lo más llamativo es que Rusia no se haya preocupado esta vez por elaborar un argumento jurídico sólido con el que tratar de legitimar sus acciones; salvo el muy endeble “derecho de autodeterminación”, que ella misma consideró inaplicable en Kosovo.

2. La incorporación plena de Crimea a Rusia no era el escenario más favorable a Moscú. El despliegue ruso en la península fue consecuencia de la ruptura del acuerdo del 21 de febrero, firmado con la mediación de la UE y la aprobación tácita de Rusia como observadora. Con la formación de un gobierno de unidad nacional hasta las elecciones anticipadas, el Kremlin esperaba que disminuyeran las tensiones en el país vecino, evitando una guerra civil que habría afectado gravemente su propia seguridad. Además, los intereses de la población de lengua rusa habrían estado protegidos por los miembros del Partido de las Regiones que habrían integrado el nuevo gobierno junto con la oposición. Sin embargo, la amenaza de los grupos armados en las calles de Kiev para el propio Yanukovich (que huyó al este del país) y para sus diputados, obviamente coaccionados por los paramilitares del Praviy Sektor que rodeaban la Rada Suprema, permitió a la oposición romper ese acuerdo al día siguiente. El presidente fue destituido sin respetar el procedimiento constitucional, y se formó un gobierno sin ningún ministro del Partido de las Regiones; dejando por tanto sin representación a los millones de ucranianos rusoparlantes que habían votado por él.

Al ocupar Crimea con sus tropas, Moscú se presentaba como la única protectora de los derechos de los rusos étnicos residentes en esa república autónoma, ante futuras decisiones de Kiev que limitaran su autonomía o eliminasen la cooficialidad del idioma ruso. El carácter inicialmente pacífico del despliegue, acogido favorablemente por la mayoría de los crimeos, suponía para Rusia (pese a su incuestionable ilegalidad) un refuerzo de su posición negociadora en la crisis ucraniana, muy debilitada tras la toma del poder por la oposición. De hecho, Moscú continuó reclamando ante Occidente el cumplimiento del acuerdo del 21 de febrero; no tanto en cuanto a restablecer en el poder a Yanukovich (algo imposible tras la huida de éste, finalmente, a Rusia), como a la composición del gobierno provisional, que podría haberse equilibrado incluyendo al Partido de las Regiones y relegando a los elementos más radicales, como el partido xenófobo Svoboda. Una exigencia difícil de aceptar, sin duda, bajo el chantaje de una ocupación militar; pero que coincidía con las condiciones firmadas en su momento ante la UE, la cual calló después cuando la oposición incumplió el pacto.

Sea como fuere, no se produjo ningún intento serio de negociación para poner fin de mutuo acuerdo a la crisis. El gobierno provisional carecía de toda posibilidad de recuperar Crimea por la fuerza (y tampoco contaba con la ayuda militar de Occidente, que evitaría a toda costa un enfrentamiento armado con Rusia); pero tampoco aceptó compartir el poder con las regiones rusoparlantes, ni realizó ningún gesto para calmar los temores de éstas acerca del respeto a su identidad. Aumentar la representatividad del gobierno, planteando al mismo tiempo un modelo federal que concediera amplia autonomía a las regiones frente a Kiev (y donde Crimea contase con un autogobierno aún mayor, equivalente a la independencia pero bajo soberanía ucraniana), podría haber convencido tanto a los crimeos como a Moscú de las ventajas de una solución dialogada. Un modelo que, por otra parte (como se ha apuntado repetidamente), es el único viable para evitar que antes o después se produzca una fractura definitiva del Estado, en una sociedad tan polarizada como la ucraniana.

Rusia habría logrado con un acuerdo de este tipo mantener su influencia en el país, aparecer como salvadora a los ojos de la población rusoparlante, y poder incluso llegar a retirar sus tropas de Crimea si obtenía garantías de Kiev respecto de los derechos de la población local; la ilegalidad de una ocupación temporal habría sido perdonada en la práctica por Occidente, a cambio de lograr una solución duradera. Este escenario de mantener el conflicto “congelado” sin completar la anexión, considerado entonces el más probable por distintos analistas (desde algunos españoles, incluyendo a este autor, hasta expertos como Strobe Talbott), es el único que habría beneficiado realmente a Moscú; evitándole el alto coste político de las sanciones internacionales y el riesgo de un enfrentamiento armado con las tropas ucranianas, que podrían haber atacado como respuesta desesperada a la anexión pese a su inferioridad de fuerzas. Crimea habría quedado en el limbo jurídico de una independencia de facto, con las fuerzas rusas sobre el terreno disuadiendo a Kiev de intervenir; manteniendo así su utilidad para Moscú como carta negociadora frente al gobierno ucraniano, que se habría visto obligado (presionado a su vez por Occidente) a llegar finalmente a un acuerdo.

Como sabemos, los hechos han sido otros: el Kremlin, probablemente frustrado al no recibir respuesta a sus demandas y envalentonado por el éxito de su rápida ocupación de la península, aceleró la convocatoria del referéndum sin preocuparse por la escasa legitimidad ante el mundo de una votación realizada bajo la vigilancia de un ejército invasor. La huida hacia adelante se vio culminada con el reconocimiento de la independencia de Crimea, y su incorporación a Rusia inmediatamente después. Este resultado, pese a despertar inicialmente la euforia nacionalista entre los rusos (haciendo recuperar a Putin sus altos porcentajes de popularidad), puede lograr el efecto contrario al pretendido: legitimar al gobierno provisional ucraniano pese a su falta de representatividad, cohesionar a las distintas facciones del Euromaidan frente a la violación de la soberanía nacional, reforzar el papel de los grupos armados fascistas como “defensores” ante la agresión externa, y convencer a Occidente de que sólo un drástico incremento de su apoyo político y económico a Kiev podrá evitar una nueva intervención rusa en las regiones orientales del país.

3. Rusia verá reducido su peso en el mundo por la irresponsabilidad de sus acciones. Aunque la recuperación de Crimea siempre había sido ambicionada por los nacionalistas rusos, esa aspiración no se había llevado a la práctica por el coste inasumible para el prestigio mundial de su país. El propio Putin había defendido hasta esta crisis un nacionalismo pragmático, en el que el enfrentamiento con Occidente (sobre Kosovo, Irak o Siria) se combinaba con una limitada cooperación frente a amenazas comunes: por ejemplo, el terrorismo yihadista tras el 11-S, con el presidente ruso apoyando la invasión de Afganistán por EE.UU. en contra de la opinión de sus asesores de seguridad, opuestos a la entrada de tropas occidentales en Asia Central. El Kremlin ha utilizado una retórica agresiva para hacer valer sus intereses, pero evitando siempre que Rusia fuese ignorada por las potencias occidentales, perdiendo así toda capacidad de influencia. Esa imagen de gran potencia fuerte, prestigiosa y reconocida por el resto del mundo es la que Putin ha tratado de reforzar en estos catorce años, más recientemente con los Juegos Olímpicos de Sochi.

Sin embargo, el discurso del presidente ruso con motivo de la anexión de Crimea parece renunciar a todo intento de mantener ese equilibrio. En un texto abundante en sentimientos patrióticos, pero muy escaso de formulaciones del interés nacional o cálculos coste-beneficio, Putin desgrana una serie de agravios que justifican, para él, este cambio profundo en la forma de relacionarse con el mundo. No se tienen en cuenta las graves consecuencias para Rusia de una acción que rompe por completo con la legalidad internacional, aumenta la tensión militar sobre el terreno, priva a Moscú de toda influencia en el gobierno ucraniano que surja de las próximas elecciones, y fuerza a Occidente a dejar de considerar al Kremlin como un interlocutor aceptable, por no hablar de un socio en pie de igualdad. ¿Qué gran potencia puede ser una Rusia aislada por EE.UU. o la UE, y superada cada vez más por el auge de China? ¿Se ve compensada esta pérdida de influencia por la ganancia territorial de Crimea, de cuyo principal valor estratégico (la base de Sebastopol) ya disfrutaba Rusia previamente a la anexión?

Quienes consideran lo ocurrido como un ejemplo de continuidad en las ambiciones de Putin, se equivocan: se trata de un giro radical de la política exterior, cuyas implicaciones aún no podemos prever por completo. La Rusia que surge de esta crisis es una gran potencia desengañada de sus repetidos fracasos para hacer escuchar sus intereses por medio del diálogo; mucho más irreflexiva a la hora de emplear la fuerza e intervenir en su periferia; y que se irá viendo cada vez más aislada y débil, lo que puede hacerla todavía más impredecible. Un escenario ciertamente arriesgado tanto para Europa como para la propia Rusia, y que aunque no suponga un retorno a la Guerra Fría (inviable en un mundo interdependiente), sí tendrá efectos duraderos en el clima de nuestras relaciones durante los próximos años.


Publicado originalmente en el blog Eurasianet.es, 24 de marzo de 2014.

20 marzo 2014

Nuevo escenario tras la anexión de Crimea

La incorporación acelerada de Crimea a Rusia ha cambiado radicalmente el escenario regional, y abre una nueva etapa en la política exterior de Putin, que nunca antes se había arriesgado a una ruptura completa con Occidente.

Sobre esta situación, he analizado sus posibles causas e implicaciones en entrevistas para el podcast del ECFR y el blog With the Voices.


17 marzo 2014

Referéndum en Crimea

Hoy hemos analizado los escenarios que se abren ahora tras el referéndum en Crimea en El mundo en 24h del canal 24h de TVE (desde el min. 12:00).




He participado también con una ponencia sobre Rusia, junto con Eric Pardo, en el seminario sobre la Estrategia de Seguridad Nacional española organizado en la Facultad de CC. Políticas de la Universidad Complutense.

Además, he comentado la situación en Crimea para teinteresa.es y La Razón.

13 marzo 2014

SOC Summit en la Universidad Europea

Esta semana hemos organizado un seminario sobre el futuro de la UE tras las elecciones europeas, en el marco de la SOC Summit de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Europea.

Nuestros alumnos de Relaciones Internacionales y otros grados han podido escuchar a ponentes tan reconocidos como Ignacio Molina (Real Instituto Elcano), Cristina Manzano (esglobal), Kristina Kausch (FRIDE), Mario Laborie (Escuela de Guerra del Ejército), Carmen Rodríguez (UAM), Borja Lasheras (ECFR), Francisco J. Ruiz (CESEDEN) o Rubén Ruiz (UNED/Eurasianet.es), con los que han mantenido interesantes debates.

Una de las sesiones estuvo dedicada a presentar el proyecto CC/ Europa por parte de Javier García Toni (ESADEgeo), Alejandro Barón (FRIDE) y Salvador Llaudes (Real Instituto Elcano), que interactuaron con los estudiantes de forma muy práctica y poco convencional sobre qué significa para ellos una "mejor Europa".

11 marzo 2014

Tensión militar en Crimea (II)

El viernes 7 di una charla sobre la situación en Ucrania a los alumnos de Políticas de la Universitat de València, invitado por el prof. Juan Rodríguez Teruel y acompañado en la mesa por el prof. Joan Romero.

El lunes 10 ofrecimos un briefing para periodistas en la Fundación Alternativas, donde participaron representantes de varios de los principales medios españoles.

Además, ese mismo día tuve el placer de intervenir en un encuentro organizado por CC/ Europa.





Por otra parte, también he sido entrevistado sobre los posibles escenarios en Crimea en Radio Francia Internacional y La Razón.



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