30 abril 2013

Defender la Universidad


Nunca ha sido el propósito de este blog comentar cuestiones personales, ni siquiera de la actualidad nacional. No me considero uno de tantos opinadores o "todólogos", sino un simple profesor que intenta reflexionar sobre una pequeña parcela de la realidad y explicarla (en clase, en mis publicaciones) a un público más reducido o más amplio, según las circunstancias. Pero a veces los acontecimientos te obligan a posicionarte si pretendes mantener un cierto compromiso ético, o si se quiere, un mínimo sentido de la decencia.

Los sucesos de los últimos días en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense no pueden serme indiferentes. En septiembre de 1997, llegado de fuera de Madrid, comencé allí con ilusión a estudiar mi carrera de politólogo; y más tarde, trabajaría en ella durante un largo periodo como becario de investigación, impartiendo mis primeras clases en esas aulas tan familiares mientras realizaba mi tesis. Más de una década vinculado a la Facultad me enseñó a conocerla en profundidad, tanto sus problemas (que no son pocos) como sus cualidades (que tampoco lo son); pero siempre desde el cariño que inevitablemente se siente hacia el lugar donde has pasado una etapa tan decisiva. 

Son malos tiempos para la universidad, especialmente necesaria en un momento tan duro como el que viven ahora nuestros jóvenes: si sus oportunidades laborales con un título ya son escasas, obligándolos a emigrar o malvivir con trabajos precarios, la imposibilidad de acceder a la formación los condena casi irremediablemente al paro. Ya no pertenezco a ella, pero es de justicia reconocer el trabajo imprescindible de mis compañeros de la universidad pública: mal pagados, mal valorados y con infinidad de obstáculos antes de alcanzar (en el mejor de los casos) una mínima estabilidad profesional. Un esfuerzo que realizan no por las escasas contraprestaciones recibidas, sino al servicio de los estudiantes: cualquier docente intenta, con más o menos éxito, desarrollar las capacidades de sus alumnos y mejorar sus perspectivas tras terminar la carrera. 

Toda universidad es, por definición, un espacio de convivencia y tolerancia. El aprendizaje no sólo se realiza en las aulas, sino también (diría que casi principalmente) fuera de ellas. Para muchos de estos jóvenes es su primera oportunidad de traspasar el pequeño círculo de su familia, su grupo de amigos de la infancia o su barrio; y convivir con personas de otros lugares, clases sociales e ideologías, escuchando una multitud de ideas que les permiten construir su propio pensamiento crítico y formarse como ciudadanos de una sociedad diversa y plural. La Facultad lo hizo así para mí y mis compañeros, y a ella le debo en gran medida la persona que he llegado a ser. Este aprendizaje de la convivencia es el que parece, desgraciadamente, haber fracasado ahora. 

Nadie discute el derecho a la protesta y la movilización, del que la Facultad siempre ha sido escenario, como es natural en un centro al que acuden los estudiantes con mayores inquietudes políticas y sociales: desde el "no" a la guerra de Kosovo, la de Irak, la LOU... en mi propia etapa, hasta el "no" a los recortes que se viven hoy. Pero lo que ha cambiado gradualmente es el sentido de esta protesta. De la reivindicación de principios éticos (paz, justicia, igualdad), en la que los estudiantes actuarían unidos como conciencia moral de la sociedad, se ha pasado a una situación en la que un grupo define a todo aquél que no comparta sus ideas (tanto dentro como fuera de la Facultad) como el enemigo a combatir por todos los medios. Invocando sin pudor, eso sí, supuestos precedentes históricos como las protestas antifranquistas; como si pudieran situarse en el mismo plano de legitimidad las recientes agresiones a dos profesores y la contestación pacífica frente a la durísima represión de la dictadura. 

No puede claudicarse ante una minoría que impide la convivencia realizando actos vandálicos contra las instalaciones, reventando clases, golpeando al personal del centro e insultando a aquellos de sus compañeros que les recriminan su actitud. Ningún argumento ideológico lo justifica. Todos los estudiantes, profesores y PAS merecen una Facultad en la que puedan trabajar y estudiar en paz; donde los enfrentamientos se realicen verbalmente y con respeto, en el marco de un debate que siempre se ha permitido y alentado incluso entre las posiciones más antagónicas; y donde se transmita a los violentos que son ellos quienes aceleran, con sus acciones imprudentes y antidemocráticas, la destrucción de la misma universidad pública a la que dicen defender. Quienes nos formamos en las aulas de esa Facultad (y estamos, pese a todo, orgullosos de ella), deseamos que esto no resulte ser el principio del fin de una casa a la que vemos, todavía, como la nuestra. 

10 abril 2013

El buen profesor (visto por los alumnos)

¿Qué cualidades debe reunir un buen profesor universitario? La primera idea que nos viene a la
mente son los requisitos formales exigidos para cada plaza (titulación, acreditación, experiencia docente, publicaciones…), en función de los cuales diseñamos en gran medida nuestra carrera. Alcanzar una mayor puntuación en dichos baremos nos hará (teóricamente) mejores profesores; y por tanto, incrementará (de nuevo teóricamente) nuestras posibilidades de continuar avanzando en nuestra profesión.

En nuestro sistema, estas exigencias se orientan en gran medida a evaluar conocimientos (doctorado, otra formación reglada) y habilidades investigadoras (capacidad de escribir artículos científicos, de obtener proyectos competitivos…). Muy poco se puede deducir de un currículum al uso sobre las habilidades docentes del candidato; a falta de otros indicadores como las evaluaciones de los estudiantes (cuyo grado de fiabilidad depende de distintos factores), se asume que cuanto más prolongada en el tiempo haya sido la docencia, mayor será su calidad.

Ya que el estudiante es el principal protagonista de su propio aprendizaje, gran parte de la responsabilidad en dicho proceso es suya: por mucho que se le motive, quien se esfuerza activa o pasivamente por no aprender acabará por no hacerlo. Pero no olvidemos tampoco que el aprendizaje de nuestros alumnos, mayoritariamente jóvenes de entre 18 y 22 años, está influido de forma muy notable por la propia personalidad del profesor. De forma consciente o no, su mayor edad y experiencia le convierten en un referente (positivo o negativo), que transmite actitudes y valores más allá de los contenidos de la asignatura.

Para explorar cómo perciben los estudiantes estas cualidades actitudinales del profesor, independientes de sus conocimientos y habilidades técnicas como especialista en su materia, recabé las opiniones de una muestra de mis alumnos utilizando tres métodos: encuesta (respuesta individual por escrito a tres preguntas abiertas), entrevista (preguntas de varios de ellos a uno de sus compañeros, voluntario, para obtener más detalles sobre experiencias concretas) y grupo de discusión, moderando el intercambio de opiniones por parte de todo el grupo*. El resultado fue una serie de siete “actitudes del buen profesor” en las que coincidieron ampliamente la mayoría de las respuestas tanto orales como escritas:
  • Empatía: saber ponerse en el lugar del estudiante para entender cómo responderá éste a la clase. El profesor debe recordar sus propias vivencias como alumno y plantearse cómo le habría gustado a él recibir las clases. Esto le permitirá también mostrarse paciente con los errores que cometan sus estudiantes, dificultades para entender determinados conceptos, etc. 
  • Organización: informar sobre la planificación de la asignatura, y seguir el orden y los contenidos del programa para evitar crear confusiones. Evitar la improvisación. Explicar desde el primer día sus expectativas sobre el trabajo de los estudiantes, detallando con claridad cuál es el nivel de exigencia requerido tanto para aprobar como para obtener notas altas. 
  • Pasión por la asignatura: los estudiantes coinciden en que el entusiasmo del profesor es contagioso, e incluso (sorprendentemente) puede transmitirse en materias por las que a priori el alumno sentía rechazo. Esta motivación impulsa a todos a esforzarse, incluso aquéllos menos preocupados habitualmente por las tareas académicas. 
  • Asertividad: el profesor debe tener suficiente carácter para evitar que se aprovechen de él; pero sin llevar esta autoridad hasta extremos innecesarios, abusando de su poder o creando una sensación de miedo en la clase. Debe saber cuándo mostrar una cierta dosis de flexibilidad, encontrando el punto de equilibrio adecuado. 
  • Respeto: considerar a los estudiantes como adultos, razonando con ellos en lugar de imponerles sus argumentos por la mera autoridad o experiencia. Los alumnos perciben instintivamente si alguien siente desprecio hacia ellos, y son conscientes de cuándo se les intenta manipular. Esto incluye el sentido de la justicia: no sólo en cuanto a las calificaciones, sino en el más amplio de igualdad de trato a todos en clase, dándoles las mismas oportunidades de participar y expresarse. 
  • Creatividad: evitar utilizar siempre los mismos métodos de enseñanza, por ejemplo el Power Point. Combinar la clase magistral con otras técnicas como el debate o el trabajo en pequeños grupos; y añadir experiencias u opiniones personales que complementen los apuntes, el libro de texto, etc. 
  • Cercanía: no tener miedo del trato individual con los alumnos; saber escuchar y tener buena disposición a recibirles fuera de las horas de clase. Mostrar interés por el bienestar de cada uno de ellos, incluso preguntándole directamente si se observa que sus circunstancias personales pueden estar afectando a su rendimiento. 


Publicado originalmente en el Foro Docente de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales


* Respuestas de 14 estudiantes (7 hombres y 7 mujeres), de distintas nacionalidades (2 españoles y 12 extranjeros: estadounidenses, latinoamericanos y de Oriente Medio).