10 agosto 2012

Sobre vídeos y demostraciones de fuerza


¿Qué tienen en común el cuarto aniversario de la guerra entre Rusia y Georgia, y el juicio contra la banda de punk rock "Pussy Riot", que acaba de quedar visto para sentencia? A primera vista poco, pero cuando se profundiza en los dos temas que dominan la actualidad política rusa comienzan a aparecer algunos paralelismos inquietantes.

La conmemoración del primer evento, aparte de la retórica esperable por ambas partes, ha traído este año una novedad: un documental sobre la guerra (de autoría poco clara) en el que varios generales retirados acusan a Medvedev de haber reaccionado tarde al ataque georgiano sobre Osetia del Sur; ordenando el contraataque ruso sólo tras recibir una llamada del entonces primer ministro Putin, que asistía a los Juegos Olímpicos en Pekín. Aunque es perfectamente creíble que tal llamada se produjera (pese a que Medvedev lo ha negado), no aporta ninguna información nueva: es lógico que consultara a Putin las principales decisiones, dentro de su acuerdo para gobernar "en tándem", e incluso acertado que meditara previamente sobre las consecuencias de usar la fuerza (por ejemplo: ¿intervendría EE.UU. para defender a Georgia?). El hecho de que se publique ahora esta información sólo puede tener el objetivo de desacreditar a Medvedev, tanto por venganzas personales de un sector de la élite dirigente como para resaltar la "firmeza" de Putin (ahora presidente de nuevo) en comparación con la "cobardía" de su antecesor.

Y esto nos lleva al segundo de los acontecimientos, aunque difícilmente merece tal nombre la parodia realizada por tres veinteañeras en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú. Ante la ausencia de violencia o de ataques a los presentes (el templo estaba casi desierto, no se celebraba el culto en ese momento), y de daño a los objetos religiosos o al patrimonio artístico (catedral, por cierto, que no es histórica sino erigida tras el fin de la URSS, copiando una anterior derruida por el régimen soviético), la breve actuación aparece como lo que realmente es: una protesta política contra Putin, en el edificio de una institución (la Iglesia Ortodoxa) que ha prestado su apoyo públicamente al presidente.

Nada de lo que se observa en el vídeo promueve el odio o la violencia hacia los creyentes, que es precisamente el delito por el que se las juzga: se dirige contra una toma de posición política de la Iglesia, que al adoptarla (excediendo su función meramente religiosa) debe asumir que puede estar también sujeta a críticas, dentro del normal desarrollo de la libertad de expresión. Parece difícil que alguien se sintiera amenazado por una actuación que oscila entre lo absurdo y lo cómico; lo que ha llevado a la fiscalía a realizar verdaderas piruetas argumentativas para demostrar lo profundamente "heridos" que se han sentido todos los ortodoxos del país por esta performance. Naturalmente, el desagrado ante opiniones distintas es un sentimiento subjetivo perfectamente lógico; pero la Iglesia no puede reclamar la protección de las leyes contra las críticas a sus posiciones políticas, que no son consustanciales a la religión (nada obliga a la jerarquía ortodoxa a apoyar al partido en el poder). Lo contrario llevaría al absurdo de prohibir el debate entre las distintas opciones.

El problema de fondo, sin embargo, no es la utilización partidista de la religión y/o la defensa de intereses políticos por las iglesias (algo en lo que España también tiene mucho que avanzar). La verdadera causa tanto de la repentina campaña anti-Medvedev como de la demonización de "Pussy Riot" es la tensión permanente en la que se mantiene Putin tras su retorno al poder: aunque las manifestaciones de los meses pasados no han llegado a amenazar su control del país, el Kremlin sigue viendo cuestionada una y otra vez su autoridad desde la sociedad civil. Lamentablemente, es muy probable que el juicio contra estas jóvenes se convierta para el régimen en un nuevo ejercicio de demostración de fuerza, dentro de una lógica en la que cualquier duda a la hora de aplicar el "castigo a los culpables" sería percibida por sus enemigos como una inaceptable muestra de debilidad.